Hay días donde uno no debería hacer aquellas cosas que no tiene ganas de hacer. No había sido un día fácil, diría mejor que hubiera preferido que fuera uno de esos días donde te levantas a las 7 de la mañana y te gustaría que a las 9.30 de esa misma mañana hubiese terminado. Esto aunque me gusta pensar que mañana puede ser mejor. Casi como pasado una eternidad de penurias, esas que cuando pasan a uno, no puede creer que todo lo que te pasó de lejos se lo vea tan simple, tan humano y tan normal que hasta a mi me podía pasar. Así llegó la tarde.
Tenía una consulta médica y era la hora de ir. El sol estaba a pleno parecía que no tenía muchas ganas de irse. Me dí cuenta que no había visto que ese día el mismo sol que me molestaba, podía convertirse en algo que iba a desear ver al menos una vez más. Iba engañado por todo lo que me molestaba y le sumé a eso al pobre sol, que no hacía más que mostrarme una vez más lo bueno que era poder verlo. Ese día ví pocas cosas que me hubiese gustado volver a ver pero me dí cuenta de cuántas cosas que parecen insignificante se vuelven valiosas en un instante de la vida.Sonrisas, caras, ojos, manos que me parecía normal ver se convertirían en una negra oscuridad en la que solo mis manos al tocarlas podrían atravesar para decirme cómo son. Mis manos deberían mostrarme cómo sería el rostro sonriente de los que amo al escucharlos reír y mis manos secarían alguna lágrima para saber que alguien llora. Nunca pensé que perder la vista podría robarme tanto. Nunca pensé que esta oscuridad era ladrona de tantos momentos que mi mente registraba para volverlos a recordar.
Empecé a caminar por ese pasillo pensando que lo peor del día había pasado. Después de una seguidilla de sensaciones que me cansaban, me frustraban y desanimaban, pensaba que ya nada peor me podía pasar. El día no había terminado. Estaba en el bajo Belgrano, una zona de Buenos Aires que siempre me había gustado. Ese día, era lo mismo que fuera cualquier otra, es decir había perdido ese encanto que siempre tuvo. Bajé del auto. Caminé y toqué el timbre para anunciarme. Alguien me dijo que subiera que me estaban esperando. Entré, tomé el ascensor hasta el piso 5. Bajé. Era uno de esos edificios en los que había una pequeña ventana que apenas alumbraba las escaleras y un largo pasillo a mi izquierda que me esperaba. Pasillos con muchas puertas que uno no conoce. Siempre me dió curiosidad poder escuchar que pasa del otro lado de las puertas. Cuántos mundos en tan poco espacio!. Igualmente, ese día ni mi curiosidad de los mundos ajenos despertó para darme intriga, sólo quería irme a mi casa, de verdad quería terminar el día.
Caminé hasta esos botones con luz que uno aprieta y mágicamente se prende una seguidilla de luces que convierte el pasillo en una pista de aterrizaje con luces en el techo. Caminé, repetí unas veinte veces que no tenía ganas de estar ahí. Seguí, total eran sólo unos minutos. El pasillo era largo y sin ventanas, no me había dado cuenta que lo largo era hasta que al llegar a la puerta indicada miré mis pasos, el camino recorrido y un ascensor que por lo lejos parecía para enanos.Antes de tocar el timbre hice un gesto, esos que al menos para mí da esa sensación de cambiarme la cara, como si me pusiera una máscara. Puse mis manos en la cara respire profundo. Con mis ojos tapados por mis manos traté de relajarme, incliné mi cabeza hacia delante y atrás. Presioné un poco mis ojos, de chico me gustaba ver las figuras que aparecían cuando los presionaba pero hoy no quería ver nada. Claro que nunca pensé que la frase "ver nada" podría ser tan literal.
Respiré una vez más, quité las manos de mis ojos y aún cerrados volví a respirar. Mi corazón había empezado a relajarse pero el pobre no sabía que en un instante comenzaría a latir desesperadamente. Conté hasta tres en mi mente para que cuando tocara el timbre y me abrieran, la mejor sonrisa practicada hiciera su debut de falsedad, saliera a escena e hiciera su mejor obra. La parodia de “que bien estoy” estaba una vez más por estrenarse cuando el telón en forma de puerta del departamento 509 se abriera. Estaba listo, todo bajo control. Mi buena cara y mi sonrisa para regalar estaban preparadas. Una respiración más y a escena.
Volví a frotar mi cara como para reconocerla. Mientras mis ojos seguían cerrados, en esos segundos que parecen salir del tiempo de los otros para ser el tiempo de uno, volví a pensar si me quedaba o me iba. Decidí quedarme. Quité mis manos de los ojos, volví al tiempo del resto de los vivientes y abrí los ojos para darme cuenta que estaba en la más profunda oscuridad.El tiempo se detuvo y creo que mi corazón también , pero fue solo para tomar impulso y latir más rápido en la más absoluta desesperación. No podía creer lo que me pasaba, me había quedado ciego! y eso era lo último que esperaba me pasara en ese día. Ahora si que era una pesadilla de la que quería despertar. Ciego? no! pensé una y otra vez; CIEGO NO DIOS MIO, ¿ QUE ME PASO ?
Me di cuenta que ese día había estado ciego todo el día, habían pasado por mi lado un montón de cosas que no había podido ver. No ví gestos de amor de gente que me ama, no ví sonrisas, no ví brillar el sol en todo el día. No ví lo verde que estaban los árboles, no ví las flores, no ví que no era tan grave todo lo que me pasaba. Solo los ciegos saben lo que es no ver. La vida nos regala momentos que nos dejan ciegos. Cegados por el enojo, la forestación, el desánimo. Ciegos de amor. Ciegos de odio. Las tristezas profundas que se aferran al corazón nos quitan la vista. Parecería que no vamos a poder dejar de llorar nunca más. Regalos de la vida que hubiésemos preferido no recibir aunque muchas veces no dependía de nosotros la opción de tenerlos. Cegueras momentáneas que parecen eternas, nos hacen caminar en la tristeza, la forestación y un grito silencioso de profundo dolor que algunas veces nadie escucha. ¿Por qué tenía que pasarme esto a mí? ¿por qué justo ahora que era feliz? y una lista interminable de por ques que no tienen respuesta.
La ceguera nos quita la posibilidad de ver el mundo como realmente es. Un agujero negro de sensaciones encontradas nos debilitan llevándose momentos que no podremos registrar en nuestras vidas solo porque no los pudimos ver. Empezamos a perdernos momentos únicos solo por querer que prevalezca el enojo y otras sensaciones que solo nos roban.Nadie empieza a caminar otra vez para que veas sus pasos nuevamente. No hay bebé que te devuelva una sonrisa que no viste llegar a sus labios. No hay como ver a quien extiende sus brazos para decirte que te ama en un espacio donde todo es absoluta oscuridad. Perder empieza a ser una palabra cotidiana y la frustración, una herida sangrante que poco a poco va matando, aunque algunas veces, esto, tampoco lo vemos.
Un día JESÚS se encuentra con una mujer y le dice "Si supieras con quién estás hablando, vos me pedirías a mi" S.Juan 4.10. Ella no podía ver que el que le hablaba podía cambiar su vida. Una de las cosas que perdemos por andar ciegos es ver a DIOS como el que puede darnos PAZ, necesitamos a DIOS. Todos conocemos el dolor es parte de la vida, podemos ser sanados. Podemos volver a reír. Podemos ponernos de pie. Podemos hacer que valga la pena estar vivos. Es cierto que hay situaciones dolorosas, que nos han ofendido, han abusado de algunos, nos han defraudado. Sentimos que jamás podríamos perdonar. Nadie habla mejor del dolor de uno, que uno mismo. Algunas veces la ceguera termina siendo una elección, alguna vez debemos darnos cuenta que no vale perder lo que no podremos recuperar. Nadie te va a devolver la sonrisa de un hijo, ni siquiera vos mismo puedas regalar la sonrisa que no diste por no ver cuánto otros la necesitaban.Cuando el reloj volvió a funcionar, cuando los segundos no fueron más horas, giré mi cabeza buscando un auxilio. Detrás de mi solo había oscuridad, frente a mí, también.
Un pasillo largo que antes pareció una pista de aterrizaje ahora solo tenía una pequeña luz en el fondo que me hizo creer que había empezado a recuperar la viste. Seguí buscando ayuda y a mi lado, aunque no había visto, estaba el botón colorado. Lo presioné y todo se iluminó. Me puse tan feliz de saber que no era ciego! que todo lo que me había pasado en el día no era nada por lo que valiera la pena seguir perdiéndome la vida.
Que ciego fui!.
En mi vida DIOS muchas veces sigue siendo ese botón colorado que vuelve a darme PAZ.
Estoy convencido que SE PUEDE VIVIR MEJOR!
Gus